El Estado es el monopolio de la violencia sobre un territorio. Los monopolios, tanto privados como públicos, son ineficientes porque no están sometidos a competencia, y por tanto no se ven forzados a mejorar continuamente para satisfacer a los clientes (en este caso, a los ciudadanos).

Descentralización y competencia

Fragmentar el monopolio del Estado reduce drásticamente su poder y sus abusos, ya que su capacidad para mantener bajo su control a personas, capitales y empresas dentro de su territorio se ve muy limitada. La facilidad para trasladarse de una administración que presta un mal servicio a otra que presta uno mejor, aun cuando cada una siga siendo un monopolio interiormente, se multiplica. Los costes económicos, culturales, lingüísticos y sociales de trasladarse a la ciudad de al lado son inmensamente inferiores a los de emigrar a otro país. Es lo que se conoce como voto con los pies.

Incentivos correctos y experimentación

Esta presión crea unos incentivos muy positivos: cada territorio debe buscar la forma de atraer habitantes y empresas (y evitar perderlos), para lo cual debe implementar políticas que generen prosperidad y oportunidades. Si no, se enfrentará a una emigración y deslocalización en masa.

Además, se pueden observar a simple vista los efectos de estas políticas en grupos pequeños de personas. Es incalculable el valor que supone poder comprobar qué países progresan y qué países se estancan, sin necesidad de soportar las consecuencias negativas de estos últimos de primera mano. El proceso de prueba y error es básico: ningún ser «omnisciente» es capaz de planificar una sociedad funcional desde arriba.

Secesión y nacionalismo

La consecuencia lógica del principio de descentralización es la secesión. No solo porque la competencia fomente la adopción de mejores políticas, sino porque es la idea que mejor respeta las libertades individuales. El Estado, mientras exista, debe ser un servicio útil para su población. Si los ciudadanos no quieren pertenecer a él, deben poder desligarse de él y, si lo desean, formar uno nuevo más pequeño. La inclusión forzosa equivale a la esclavitud y fomenta el despotismo de los gobernantes. Incluso aunque la secesión nunca llegue a producirse, la simple amenaza obliga a la clase política a tener en cuenta a todos sus ciudadanos.

La sumisión del individuo a las preferencias del grupo nacional es injustificable. Ningún grupo nacional, y por extensión ningún Estado nación, tienen soberanía sobre nadie. La democracia solo es compatible con el liberalismo si afecta estrictamente a asuntos colectivos, como los bienes comunales. Jamás para imponer voluntades. Del mismo modo, la secesión no se limita a las naciones, sino que debe extenderse hasta el nivel territorial más pequeño posible y más cercano al individuo y su propiedad. En este sentido, la secesión de comunidades pequeñas genera también competencia cultural, dificultando la propagación del nacionalismo, habitualmente estatista y pernicioso.

Descentralización

Vaduz, capital del Principado de Liechtenstein, microestado que reconoce en su Constitución (art. 4) el derecho de secesión de sus municipios. Es, a su vez, el tercer país con la renta por habitante más alta del mundo, tras Qatar y Luxemburgo.

Relación con la libertad económica

Los incentivos del libre mercado son los mismos que los de la descentralización administrativa. Competencia, continua adaptación de la oferta a las demandas de los clientes, fácil cambio de proveedor, consecuencias soportadas por los que toman las decisiones y no trasladadas a terceros, etc. Paradójicamente, muchos de los que promueven un mercado libre, promueven también un gran poder central con capacidad de imposición. La libertad y la descentralización son la misma cosa: no se puede defender a la vez la autonomía personal y un órgano central de decisión mayoritaria.

Innumerables economistas, filósofos e incluso políticos partidarios de la libertad individual se han mostrado explícitamente a favor de la secesión. Mises, Rothbard, Hoppe, Huerta de Soto, Ron Paul o Robert Higgs son solo algunos ejemplos. Ni las emociones ni los sentimientos patrióticos deberían impedir la comprensión ética del concepto y sus múltiples virtudes.

¿Y si la secesión no respeta la libertad?

Los incentivos y la experimentación no son un equilibrio estático, son un proceso. Los procesos se guían por incentivos, y los de Estados pequeños en competencia son muy superiores. Es un gravísimo error juzgar a las políticas por sus intenciones y no por sus resultados. Ningún sistema garantiza la libertad permanente, pero sí pueden fomentarla o ahuyentarla. Los sistemas actuales, que legitiman a la democracia para casi todo y someten al ciudadano a sus decisiones, la ahuyentan. La mano invisible, tan entendida en la economía, parece despreciarse fuera de ella.

El liberalismo tradicional no ha sido capaz de contener el crecimiento del Estado durante el último siglo y medio. Divulgar y convencer es muy necesario, pero no suficiente. Toca cambiar de mentalidad y generar marcos institucionales con los incentivos adecuados. La secesión y el localismo son un contrapeso extraordinario frente al poder político y su defensa debería ser la prioridad de todo amante de la libertad.

La respuesta ante una secesión liberticida no puede ser la unión forzosa, sino reclamar nuevas secesiones en su interior. Una unión estatista no es mejor que una competencia de estatismos. La libre asociación no es un consejo a aceptar según convenga, es la base de la libertad y debe ser respetada escrupulosamente.

Consolidando los avances

Es habitual ver el deseo de cambios rápidos entre los que promovemos la responsabilidad individual. Aunque comprensible, es temerario buscar victorias a corto plazo olvidando el objetivo final: la consolidación de un marco estable de libertad. La concentración del poder político como excusa para reducirlo es una peligrosísima arma de doble filo.

Esta centralización facilita la reversión de todo incremento de libertad por parte del próximo gobernante. Al igual que es muy fácil bajar impuestos cuando se tiene control total sobre ellos, también es muy fácil volver a subirlos, incluso más que antes. Y el conjunto no es neutro, es perjudicial, porque se eliminan todos los incentivos beneficiosos expuestos en los puntos anteriores. Especialmente si la cultura del país es muy estatista, esa libertad añadida no durará mucho tiempo. Los pasos en la buena dirección deben ser sobre todo firmes, y solo entonces, rápidos. No al revés.

Conclusiones

La defensa de la libertad es un proyecto apasionante. Un sinfín de pensadores y activistas han dedicado sus vidas a ello. En la actualidad debemos dar un paso más, y no solo justificar sus bondades o su ética, sino descubrir caminos para conseguir ese objetivo. Una mera descripción racional rara vez convence a muchos. Es necesario demostrar las teorías, ponerlas en práctica y predicar con el ejemplo. Esto solo es posible en un marco de mayor competencia entre Estados, y la fragmentación del poder político aquí expuesta conduce a ello.